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Aug 7

Derek Bowles

Posted on Monday, August 7, 2006 in Juegos de rol, Relatos

Derek Bowles es un personaje que creé para una partida de Kult, dirigida por Quinta, cuando mi personaje con el que jugaba comenzó a hacerse injugable (suele pasar en Kult cuando llegas a un equilibrio mental de +100).Desgraciadamente, problemas personales me hicieron apartarme de esa partida, y jamás llegué a jugar con él.Pero esta historia se negaba a apartarse de mi mente. Una crónica entera (que comencé a dirigir, pero dejé inconclusa) surgió luego a partir de ella.

La jodimos bien. Si me pidieran que resumiera nuestras vidas, nuestra carrera, en una sola frase, elegiría esa. La jodimos bien. Y supongo que nos merecimos todo lo que pasó. Pero si las cosas hubieran sido de otra manera, si no hubiéramos tenido tanta mierda encima, habríamos sido los más grandes. Olvidad a los Beatles, a los Rolling, olvidad a Pink Floyd y a Deep Purple, y a esos gays de Queen. A Distant Call, ese sería el mejor grupo de todos los tiempos. Pero no pudo ser, y en unos años seremos poco más que una nota a pie de página en la historia del rock.

Barry Dobson y yo nos conocíamos desde el instituto. Teníamos dieciséis años cuando, junto con ese capullo de Andrew Goldman formamos nuestro primer grupo. La cosa no funcionó. No teníamos ni idea, pero lo pasamos bien, y, cuando acabamos el instituto nos separamos. No sé que habrá sido de Andrew. Supongo que tendrá un trabajo de mierda, y una mujer gorda, y uno o dos críos llorones. Y quizás hasta sea feliz, lejos de la basura en que luego convertiríamos nuestras vidas.

Durante los cuatro siguientes años no vi demasiado a Barry. El estaba en Kent, obligado por sus padres a estudiar una carrera que no soportaba; y yo en el conservatorio, en un intento de dejar atrás el rock, y la guitarra, y dedicarme a la música seria. Y en aquella época hasta creí que lo haría, que sería en Nigel Kennedy del piano, que tocaría a Beethoven con mis greñas ante tíos vestidos con pajarita.

Barry tenía un grupillo en Kent, una panda de imitadores de The Cure y gente por el estilo. Creo que nunca le gustó, pero era lo que había, y se convirtieron en unas celebridades locales, y hasta grabaron un disco, que casi nadie compró, con una increíble versión del Love Will Tear Us Appart, donde Barry demostró que iba a ser el mejor bajista de los noventa. Y tocaron dos años seguidos en Glastonbury, con todos sus fans de Kent pegando brincos en las primeras filas. Pero, afortunadamente, los putos ochenta se acabaron, y todos terminaron la carrera, y decidieron hacerse con unas vidas reales, y el grupo se disolvió.

Y comenzaron los gloriosos noventa, y una madrugada, caminando borrachos y fumados por Oxford Street, Barry y yo nos dijimos que era hora de volver a tocar juntos, que formaríamos un grupo y que nos haríamos ricos y famosos.

Y a la mañana siguiente comenzamos a planearlo, a buscar un nombre, a componer canciones. Y a buscar una cantante. Alquilamos un local, y comenzamos a hacer audiciones, poniendo carteles en todas partes. Barry tenía ya cierto prestigio, y todos sabían que un grupo en el que él estuviera no iba a ser una panda de aficionados, así que montones de chicas se presentaron. Pero no fue muy difícil decidir: hacia el mediodía apareció Mila, y cantó Another Brick on the Wall, y la decisión se tomó.

Mila Arapovic. Veinte años. Hacía unos meses que había llegado a Londres desde Belgrado, con su familia, que nos dijo que eran empresarios. Cuando hace un par de años vi a su padre en la tele, y todo lo del juicio por tráfico de armas , no me sorprendió. A esas alturas poco había podido sorprenderme, pero menos si estaba relacionado con Mila. Pero aquel día Barry y yo sólo vimos a una diosa, que cantaba como una sirena, que desde el momento en que subía al escenario te atrapaba, y no podías apartar tus ojos de ella, ni reservar ni una mínima fracción de tus pensamientos para nada que no fuera mirarla, escucharla cantar. Ni siquiera lo hablamos. Cuando terminó de cantar, Barry se levantó, le aplaudió, y soltó ese Nena, estás dentro, del que tanto nos reiríamos en los años que vinieron después.

A los pocos días se nos unió también Jack David, nuestro primer batería. Supongo que nadie, ni siquiera él mismo, lo consideró nunca un verdadero miembro del grupo. Un buen tío, y un gran músico. Poco más de una año después nos dejaría. Estáis jodidos tíos. Tenéis más talento del que he visto en toda mi puta vida, y os empeñáis en joderos a vosotros mismos. Pero yo no tengo por qué nadar en vuestra mierda, ni hundirme en ella como vais a hacer vosotros. Así que me piro. Esa fue su despedida. E hizo bien. Durante el tiempo que seguimos juntos tuvimos tres baterías más. Todos acabaron huyendo. Pero en aquel momento, teníamos un grupo, y parecía que todo iba a salir bien.

En poco más de un mes, habíamos grabado una maqueta en los estudios de un colega de Barry, y ya habíamos dado un par de conciertos en pequeños clubes, y rápidamente firmamos un contrato con una discográfica. Barry y yo compusimos unos cuantos temas más, y nos fuimos a grabar a Abbey Road. La primera vez entramos allí con reverencia, como quien lo hace en una iglesia, pero todos nos decíamos que con el tiempo nos hartaríamos de ir allí. Sólo habría una vez más, pero entonces no podíamos saberlo.

A finales de año salió A Distant Call, nuestro primer disco, que se llamaba como el grupo. Yo había propuesto otro nombre, del que ahora, la verdad, me avergüenzo, y que Barry había aceptado a regañadientes, pero a la semana de unirse a nosotros, Mila apareció con este nuevo nombre. Y de alguna manera, nos pareció perfecto. Perfecto para un grupo en el que ella cantara, y nos quedamos con él.

En nuestro primer álbum todas las canciones aparecen compuestas por Bowles-Dobson, en plan Lennon-McCartney. En realidad solamente Let it to the Worms la compusimos juntos, y no es difícil reconocer quién hizo cada cosa. Los temas más duros, con más energía, son de Barry. Los míos son aquellos en los que nos acercábamos al rock sinfónico de los setenta, y que Barry llamaba mierda pedante de niñato de conservatorio. Allí donde hay un piano es un tema mío, o donde yo he metido mano. Lo echaba de menos. Ah, y la letra de Searching for Neverwhere era de Mila. Un preludio de lo que vendría después.

Y comenzó la locura. Los de la discográfica decidieron apostar fuerte por nosotros, y los siguientes meses fueron una vorágine, llenos de presentaciones, conciertos, entrevistas, actuaciones en la tele. Nuestros singles sonaban a todas horas en la radio, y parecía había carteles de nuestro álbum en todas las paradas de metro de Londres. Llegamos a estar terceros en las listas de ventas.

A veces Barry y yo nos gritábamos, eufóricos, ¡Lo conseguí, mamá!. ¡La cima del mundo, mamá!.

Después vino un año de gira. Primero Inglaterra, luego Europa, y después Estados Unidos. Más de cincuenta conciertos. Cuando pasas tanto tiempo de viaje, cuando no tienes un lugar al que llamar hogar salvo la carretera, los aeropuertos, los hoteles, es fácil perder todo punto de referencia en tu vida, actuar, vivir como si nada importara ya. Podría servir de excusa para lo que nos pasó. Aunque otros menos compasivos dirían que nos lo buscamos, que estábamos destinados a destruirnos.

Estaban las drogas, para empezar. Nunca habíamos ido por ahí de chicos sanos, desde luego. Pero nunca en mi vida he tomado tantas drogas como en ese primer año de gira. El alcohol, el hachís y la maría de nuestra adolescencia parecían ser ahora poco para nosotros, y entramos en una espiral de coca y ácido. Y yo, el más estúpido de los tres, acabé enganchado a la heroína. No sé cómo resistí todo ese año de gira.

Luego estaba Mila, y Barry y yo. En algún momento los dos comenzamos a acostarnos con ella. Y lo sabíamos, y sabíamos que el otro lo sabía, pero nunca hablamos de ello. Nunca supe como lo llevaba él, pero a mí nunca me importó demasiado. Barry era mi amigo, y yo tampoco es que estuviera enamorado de Mila. Pero nuestra amistad de casi diez años se resintió, y nunca volvería a ser como antes.

Y estaba la guerra en lo que fue el país de Mila, y la muerte de la madre de Barry.

¿Y yo? Nada, simplemente estaba lleno de mierda, hasta el cuello. Me dejaba llevar, y a veces hasta me resultaba divertido. Sólo vivo para ser testigo de mi propia caída, escribí una noche. Fue en esa época la primera vez que jugué a la ruleta rusa. En Houston compré una pistola, una vieja pistola de vaquero, por curiosidad, o estupidez, o simplemente por lo mismo que quienes vienen a Londres prueban el puto fish and chips. Y por la noche, solo en mi cuarto del hotel, tras estar mirándola y haciendo el imbécil con ella delante del espejo durante casi media hora, le metí una bala, hice girar el cargador, me la puse en la cabeza, y disparé. Fue mucho mejor que la heroína, un chorro de vida penetrando de golpe en mi cabeza. Podía haber muerto, pero estaba vivo. Respiraba, pensaba. Me mordí la mano sólo por el placer de sentir dolor, del dolor que sólo los vivos sentimos. Bebí mi sangre. Bailé desnudo en el balcón, y pasee durante el resto de la noche por las calles de Houston.
Desde entonces lo he hecho cuatro veces más. La próxima debería ser la última.

Terminamos vivos la gira, lo cual hasta puede considerarse un éxito. Cuatro conciertos cancelados, oficialmente por enfermedad. Más de la mitad del equipo sustituido en algún momento de la gira, porque eran incapaces de soportarnos. Decidimos darnos medio año de descanso, y comenzar después a trabajar en segundo disco.

Tuvimos una última cena en Londres, bailamos y bebimos toda la noche en una discoteca del Soho, y desayunamos juntos. Y nos dijimos adiós. Mila y Barry cogieron taxis, y yo comencé a caminar, como a menudo me gustaba hacer en esos extraños amaneceres que siguen a las noches sin dormir.

Aunque había comprado a mis padres una casa en Chelsea, yo seguía viviendo en mi barrio de siempre, en Camden, en un loft junto al canal. Caminé por las avenidas de mi ciudad, y me senté fumando un cigarrillo a la orilla del canal, en las mismas calles por las que pasaba de niño. Lo conseguí, mamá. La cima del mundo, mamá, murmuré. Y me eché a llorar. Me sentía tan vacío… Había conseguido lo que creía que era mi sueño, y ya no me quedaba ninguno, y no tenía fuerzas para buscar otro. Un cadáver andante, eso era, y eso he sido desde entonces.

Barry regresó a casa, o a lo que quedaba de ella. Su padre estaba aún más hecho mierda que él, y Barry fue incapaz de soportar al viejo en ese estado. Lo mandó a tomar por culo, y se marchó. Viajó por Sudamérica y la India, y se dedicó a acostarse con niñas y probar todo tipo de hongos y drogas extrañas. A veces, al principio, recibía alguna postal suya. Luego desapareció. No acudió al entierro de su padre, en julio, y yo tuve que soportar todas las miradas acusadoras y los murmullos.

Tampoco Mila estuvo en el funeral. Se marchó a San Francisco, y le perdí bastante la pista. La vi, como todos, en el cine, en Asesinos Natos. Hay quien dice que ese papel iba a ser para Juliette Lewis, y que Mila se acostó con el productor para quitárselo, pero es absurdo: se notaba que estaba hecho a su medida. Tuvo un lío de un par de meses con Brad Pitt.

Y se metió en no sé que secta californiana. Siempre se había sentido atraída por todo esa basura new-age sobre la era de Acuario, y el despertar-a-una-consciencia-superior. No sé. Supongo que fue una forma de escapar como otra cualquiera.

Yo, pese a que no veía ninguna razón para ello, decidí intentar seguir adelante, e ingresé en un hospital para dejar la heroína. Salí completamente limpio, y no he vuelto a probarla desde entonces. Busqué razones para vivir, compuse varias canciones, toqué en un disco de Peter Gabriel y en un par de sus conciertos. Salí con casi todas las mujeres que se me pusieron a tiro, e intenté, sin éxito, enamorarme de alguna. No lo conseguí. Nunca me he enamorado. No creo que sea capaz.

Pero fue en esos días cuando creí darme cuenta de que en realidad no necesitaba verdaderos motivos para vivir, como no necesitaba una verdadera vida: bastaba con ese simulacro que tenía, y aceptar que, ya que no podía sentir nada con suficiente fuerza, tampoco podía sentir verdadero dolor. Así que en realidad, nada importaba. Sonríe a los focos, compón, toca, y conviértete en una leyenda. Y después desvanécete poco a poco.

Exactamente un año después de habernos separado, los de la discográfica nos forzaron a reunirnos con Brian Eno, nuestro productor. Yo acudí con mi nuevo espíritu de todo da igual. Me levanté temprano, y acudí a Abbey Road. Pensaba que los demás no vendrían, que se había terminado. Pero, para mi sorpresa, no fue así. Cuando llegué descubrí que ni siquiera era el primero: Barry ya estaba allí, tomando café con Eno. Nunca lo había visto con peor aspecto: un hombre que acababa de arrastrarse desde su tumba.

Y luego llegó Mila, radiante. Nos besó a los tres, repartió regalos, y habló sin parar durante casi media hora de San Francisco, y de sus estupideces paranormales, hasta que Eno la cortó, para preguntar por los nuevos temas. Yo no veía nada claro que fuera a haber otro álbum. Barry no parecía estar en condiciones, y yo no tenía voluntad para ello. No me apetecía. Apenas sí había compuesto un par de canciones en el último año, y esas no me parecían adecuadas para el grupo. Hubo unos momentos de silencio incómodo, y, cuando yo iba a decir lo que pensaba, que se había acabado, que no podríamos seguir adelante, Mila sacó de su bolsa unos folios. Nunca se me ha dado bien componer, pero estas son las letras para el álbum. Los chicos van a componer la música. Eno los cogió, y comenzó a leer. Mila nos miró, sonriendo. Luego, en silencio, sólo con un gesto de aprobación, Eno me los pasó.

Ese fue mi primer contacto con los poemas de Mila, con ese extraño viaje a reinos inexistentes que A Journey in Metropolis describía. Leí con desgana Die. Sleep. Walk. Fly, que luego sería el segundo tema del disco. Tiene fuerza. Era todo lo que se me ocurrió entonces. Que tenía fuerza. Y, como le había pasado antes a Eno, leí todas las letras, y, sin ser capaz de decir nada, se las pasé a Barry.
Permanecimos callados durante varios minutos, nosotros todavía embargados por el poder de las palabras de Mila, y ella mirándonos, triunfante. ¿Lo haréis? ¿Las convertiréis en música?, interrumpió ella al fin. Yo balbuceé que claro que lo haríamos, y que cómo había sido capaz de escribir eso. Ella sonrió otra vez, y me susurró tres letras: LSD. Barry rió. Eno todavía seguía poseído por los poemas, releyéndolos.

Los dos siguientes meses los pasé casi encerrado, componiendo A Journey in Metropolis. Barry estaba demasiado jodido para ello, y, pese a que todos los temas están firmados como Bowles / Dobson, prácticamente toda la música que se escucha en ese álbum es mía. Aún así, Barry sacó fuerzas no sé de dónde para hacer arreglos en varios de los temas, y reescribir por completo toda la parte del bajo en otros. Siempre fue el mejor en ello. Quizás este cegado por la amistad, y la pérdida, pero creo que nadie ha entendido jamás el bajo como lo hizo él. Habría sido el mejor.

Durante ese par de meses me sentí más vivo de lo que había estado desde que comenzamos. Descubrí por qué estaba aquí: no era el estrellato, ni el dinero. Era el crear, el hacer aparecer música de la nada. Eso era lo único que importaba. Componer me hacía sentir vivo, y todo lo demás no importaba.

Cuando terminé se lo pasó a Eno, y comenzamos a grabar. Los de la discográfica estaban preocupados por lo extraño del sonido, tan diferente de todo lo que se hacía en esos principios de los noventa. Pero Eno se reunió innumerables veces con ellos, asegurándoles que todo iba a salir bien.

Pero era realmente extraño. La música. Hay quien dijo que éramos como habría sido Genesis si Peter Gabriel no se hubiera marchado, pero yo nunca estuve de acuerdo. Éramos bastante más duros, y, aún así, muchos de nuestros temas estaban llenos de esos toques sinfónicos, frutos de mi paso por el conservatorio. No era difícil teniendo a un genio como Barry y a Mila y su voz de soprano. Si tan sólo hubiéramos podido seguir adelante…

Y en A Journey in Metropolis estaban también las letras de Mila, las más poderosas que jamás había escuchado. Ya durante esos dos meses componiendo la música me di cuenta: esos poemas eran como hechizos, como oraciones. Si los repetías en silencio, sentías un escalofrío. Pensaba que no podría componer nada que le hiciera justicia, pero creo que lo conseguí. Esos dieciséis temas son lo mejor que he hecho nunca, lo mejor que nunca haré. Y, con la música, el poder de los escritos de Mila aumentaban. A veces, cuando tocábamos, sentía frío, como cuando una ventana abierta deja pasar la corriente. Aunque tampoco se trataba ese tipo de frío: era más bien el frío que sientes en una iglesia, en un cementerio. Y a veces sentía que alguien, algo, se acercaba. Entonces tenía miedo, y dejaba de tocar; y Mila se ponía histérica, y comenzaba a gritarme, a decirme que lo había vuelto a joder todo, y que todo su trabajo no iba a servir de nada . Barry y Eno callaban, y esperaban tranquilos a que Mila se recuperara.
Música que da miedo. Pero no soy yo el único que ha sentido eso. Mucha gente me ha dicho lo mismo del disco desde entonces. Música que da miedo. Pero todos ellos la compraban, y acudían frenéticos a nuestros conciertos, y coreaban nuestras canciones. Y no sólo por lo buenas que eran: te ataban, te llamaban. Mila fue, por supuesto, la que mejor lo expresó. Vamos a llamar a las jodidas puertas del Infierno con esta música.

Para finales de año el disco salió a la venta. Fue un fenómeno mundial. En una semana estábamos ya entre los primeros en ventas en muchos países de Europa, en Estados Unidos, en Japón, en Australia. Sonábamos en todas partes. Incluso tocamos en algunos programas de televisión para consumo familiar. Ahora sí estábamos en la cumbre.

Pero parecía importar menos que nunca. Mila aparentaba haberse vuelto loca, más inmersa que nunca en sus fantasías pseudoreligiosas. Barry… No sé cómo podía mantenerse en pie. Y yo, una vez acabado el trabajo creativo, volví a mi habitual estado de apatía, de dejar que la mierda ascendiera poco a poco, esperando a que me ahogara de una vez.

Después llegó nuestra última gira. Recorrimos media Europa, con el público acudiendo a escucharnos, como hechizados. Esos conciertos siempre me recordaron a los rituales vudú que salen en las películas, ellos aullando, Barry y yo hipnotizados, como zombis. Y Mila como la gran sacerdotisa. Y cuando se lo dije, incluso se lo tomó en serio, y fue cuando comenzó toda esa parafernalia de salir cubierta de sangre al escenario. En Bruselas quería incluso degollar un cabritillo hacia la mitad del concierto, justo antes de Doors Opening. Afortunadamente, la organización se lo prohibió.

Y gente extraña comenzó a acudir a los hoteles en los que nos alojábamos, y a tener largas conversaciones con Mila sobre ocultismo o lo que fuera. Como ese viejo profesor francés que en París se presentó diciendo que era otro viajero de Metropolis. Hablaron durante horas en francés. El tipo daba miedo sólo con mirarlo.

Supuse entonces que Metropolis, el país de ensueño que sus letras describen, no es sólo una invención suya, el producto de un viaje con ácido. Durante su estancia en San Francisco, Mila había estado en contacto con una secta de maniacos newagers. Metropolis debía ser parte de sus doctrinas, como el paraíso de los cristianos, o las naves extraterrestres de los cienciólogos. Y no era reconfortante el saber que mi música servía como propaganda a una secta. Sobre todo a una que acogía a personajes como ese loco francés. Pero cuando se lo comenté a Mila lo único que obtuve era la confirmación de que estaba completamente loca. Yo era el más cuerdo de los tres, lo cuál era un signo de hasta cuán abajo habíamos caído. Me habló de visiones que había tenido en sus viajes con ácido, de gente que había conocido en esos viajes. Me habló de su Metropolis como de un lugar real, donde se podía llegar elevando tu consciencia sobre la ceguera cotidiana. Por primera vez desde que la conocí, no pude soportarla: la mandé a la mierda, y me marché a caminar, como siempre hago cuando no aguanto más, cuando siento que el mundo, este mundo de mierda para el que no estoy hecho, se me va a tragar del todo.

La gira continuó, con el mismo ritmo enfermizo, con Mila predicando su nuevo mundo, con Barry fuera de todo, cayendo, y conmigo, a quien ya le daba todo igual. Hasta que llegamos a Madrid.

La tarde antes del concierto paseamos juntos por el centro, sin guías ni guardaespaldas. Y allí estaba, en el cruce entre dos de las calles más importantes de la ciudad, en un hermoso edificio, de al menos cien años, un enorme letrero:

METROPOLIS

Los tres nos quedamos inmóviles, contemplándolo, siendo espiados por los ángeles de piedra desde la azotea. Yo sentí esa misma sensación de frío, de puertas abriéndose en la lejanía, que a veces acudía a mí durante los ensayos, o los conciertos. Mila levantó sus brazos, como en señal de adoración.Hela aquí, la señal que esperaba. Será esta noche, cuando las Puertas se abran, cuando al fin nos sea dado dejar atrás la Ilusión, la Ceguera que gobierna este mundo de esclavos. A menudo hablaba así en esos últimos días. Parecía ya tan lejos de todos nosotros, que estaba siempre perdida en sus sueños, en sus viajes imaginarios. El LSD había destrozado por completo su mente. En cierto modo, Mila estaba ya muerta entonces.

Los veo en cuanto cierro los ojos, Derek, me dijo una vez, la última que dormimos juntos, un laberinto de espinos, fuentes de marfil con agua estancada, cristales rotos en el suelo, y siete figuras vestidas de gris, mirándome calladas. Y sus ojos… No puedo mirar a sus ojos otra vez. Y se echó a llorar, sobre mí. Debería haberla ayudado de alguna manera, sacarla de allí, pero yo estaba demasiado concentrado en mis problemas, en mi escasa voluntad de vivir.

En silencio, regresamos a nuestro hotel, caminando por el Paseo del Prado, donde estatuas de viejos dioses nos observaban con severidad. Yo les dije después que no cenaría con ellos, que me daría una ducha, y saldría a dar otro paseo.

Y recorrí durante horas las calles de Madrid, contemplé los dioses y ángeles que reinan en sus tejados, y volví a pararme, durante casi una hora, frente a ese cartel, con el nombre del reino que había acabado con mi Mila, con aquella chica que nos deslumbró a Barry (cuando Barry, el viejo Barry aún existía) y a mí cantando Another Brick on the Wall.

METROPOLIS

Y recordé todos nuestros viejos sueños, los buenos momentos que, pese a todo, habíamos pasado juntos. Porque, como Mila había dicho, sentía que aquella noche todo acababa. Una voz en mi interior me dijo que me apresurara, que regresara al hotel para impedir que hicieran ninguna tontería, que podíamos volver a tomarnos un descanso, ir cada uno a un hospital diferente como yo había hecho, curarnos, volver a empezar, grabar otro disco, mejor aún. Pero otra voz dijo que todo eso eran gilipolleces, que había que saber cuando rendirse.

Fumé con tranquilidad un cigarrillo, firmé un par de autógrafos y prometí tocar un par de temas del primer álbum en el concierto de la noche siguiente. Después miré por última vez a los ángeles, y continué mi paseo.

Cuando regresé, ya de madrugada, todo había terminado. La policía estaba allí, y Mila y Barry yacían en bolsas de plástico. Sobredosis, heroína mezclada con LSD . Asentí, respondí a todas sus preguntas, y salí al jardín del hotel, y me tumbé en el césped hasta el amanecer, canturreando una y otra vez parte de una de las canciones de Mila sobre su Metropolis, quizás la más floja de todas, pero que parecía estar escrita para este momento, como un mensaje de despedida.

Don’t dispair when I’m gone
Far, far through the Gates
Death is not the End
We may meet again
Beyond the Thorns Maze
When you are blind no more

Después desaparecí. Regresé a Londres, para comprobar lo que ya sabía: que el grupo era lo único que me mantenía vivo, y que ahora ya no me quedaba nada. Ni siquiera me quedaban ya las drogas: no tenía ganas de ello, no deseaba placer, ni olvido. Ya no deseaba nada. {mospagebreak} Ese estado duró meses.

Mientras, nuestros dos discos batían récords de venta, y los tíos de Barry y yo, nos volvíamos asquerosamente ricos. Y los padres traficantes de armas de Mila un poco más de lo que ya lo eran. Tenía veintisiete años, y nunca más necesitaría trabajar, nunca más necesitaría hacer nada. El mundo parecía ponerme en bandeja lo que parecía mi maldición: dejarme llevar, esperar que el final llegase de una vez.

Fue Carla quien interrumpió mi caída. Es extraño que una de las personas más tristes que jamás he conocido fuera quien me enseñara a seguir adelante, pero así fue. Carla Blackwood: la habréis visto en la televisión, en portadas de cd’s, la niña mimada de la lírica mundial, la soprano más joven en protagonizar una ópera en la Scala.

La conocí en una fiesta, en Londres, y acabé yendo a su hotel con ella y con una de las chicas del coro, que parecía estar completamente enamorada de Carla (y no es de extrañar, yo también podría terminar así si fuera capaz de amar). Nos tomamos unas rayas, e hicimos el amor.

Y después, de repente, Carla se echó a llorar, interrumpiéndose a veces con risas. Y cuando le pregunté que sucedió, su respuesta fue:Me siento tan feliz por estar viva. Parecía tan simple: sentirse feliz sólo por vivir. Lo habitual, por supuesto, es no vivir, ser como los cristales rotos o el agua estancada del sueño de Mila. La mayor parte de nuestro Universo es materia inerte, la mayor parte de nuestro mundo lo es, incluso la mayor parte del contenido de este cuarto. Tan sólo el hecho de estar vivos, de ser conscientes, era una oportunidad maravillosa. Y debíamos aprovecharla.

Nunca volví a ver a Carla. Ambos sabíamos que aquello sólo iba a durar una noche. A veces pienso en intentar ponerme en contacto con ella, en poder volver a verla, aunque sólo sea para agradecerle lo que hizo por mí, sólo con esa frase, esas lágrimas mezcladas con su risa.

Porque desde entonces intenté cambiar. Crucé el océano, y me instalé en esta Gran Manzana que se ha convertido en mi hogar desde entonces. Y, como muchos hacemos en estos casos, aproveché para destruir gran parte de lo que era, para convertirme en otra persona.

No he regresado al rock, ni que creo que lo haga nunca: esa era la música que hacía con Barry y Mila, y ellos ya no están. Pero comencé a dar clases de solfeo y piano a esos niños del Bronx, y estuvo esa banda sonora, El Paciente Inglés, que firmé con otro nombre. Un Oscar, que luego no me apeteció recoger. La gloria pasó, y ya no me interesa en absoluto.

Paseo por las calles y parques de mi nueva ciudad, leo poemas, novelas, a veces compongo, a veces simplemente me siento a escuchar a Beethoven. O escucho cantar a Mila, y a veces lloro por ella, y por Barry. A veces hasta por mí. Esa es mi vida, ahora. No es mucho, pero está allí, y, aunque ya no tengo ninguna ambición, ni ningún deseo, no los necesito para seguir adelante.

Normalmente ni siquiera sueño. Mis noches son como estar muerto, en el Olvido, al fin. Pero tuve un sueño, con Mila. Estaba en ese lugar suyo, en mitad del laberinto de espinos, frente a una fuente de marfil, llena de agua estancada. Sobre ella, manchada de lodo, estaba la estatua de un ángel, como los que había en aquel edificio de Madrid, y cristales rotos en el suelo. Mila estaba allí, vestida de gris, descalza.
-Has venido-me dijo. Parecía más tranquila, más adulta que la chica visionaria que yo recordaba.

-Conozco esta fuente. A veces paseo a su lado. Está en Central Park, en New York. Ahora vivo allí.

-Está en muchos lugares a la vez, como todas las cosas. Ahora lo sé. Y veo que llegará el día en que nos sigas.

-¿Cómo es?

-Es… Tenía miedo, al principio. Perdida, sin cuerpo. Y Barry no estaba conmigo. No sé dónde está Barry… Pero luego comencé a aprender… No, a recordar. Siempre hemos estado aquí, venimos de aquí. Todo lo demás, Londres, Madrid, Central Park, no son sino sombras, reflejos de nuestro verdadero hogar, de nuestra verdadera Ciudad. Pero he venido a ver cómo estabas, Derek.

-Voy tirando. He cambiado mucho. Y me siento solo, pero supongo que es lo que he elegido.

Y desperté. Mi cuarto estaba oscuro, el reloj marcaba las 2:53. Y sentía esa proximidad de algo, esa puerta entreabierta, como en los viejos tiempos, cuando tocábamos los tres. No dormí más en toda la noche. Fui a Central Park, hasta la fuente con el ángel, que también estaba en el Laberinto de Mila, y me quedé allí hasta al amanecer. Creo que en algún momento me dormí, porque recuerdo brumosamente el pasear por la orilla del mar con un tipo rapado, que me hablaba de caminos y ciudades, y de elecciones. Después fui a tomar café, y continué con mi vida.

Algunos de los personajes que aquí se mencionan, son otros personajes míos. Carla Blackwood es uno de mis dos favoritos de todos los tiempos, una adorable Hija de la Cacofonía que jugué durante años en una maravillosa partida de Vampiro. El francés siniestro es un personaje de Kult, que no creé yo, pero que jugué durante bastante tiempo. Nunca me cayó bien. Y el hombre rapado del final es Andrew Delany, el personaje que abandoné y que quería sustituir por Derek. Un tipo extraño, y que a esas alturas había abandonado su forma física para vagar por los reinos oníricos.